domingo, 16 de agosto de 2009

El amor no debe ser una farsa (Romanos 12, 9)

Sabemos que “nadie puede amar a Dios a quien no ve y odiar a su hermano a quien ve” (1 Jn 4, 20; Mc 12, 28-33; Col 3, 14)
El amor a los hermanos es el punto que manifiesta la vida de la propia fe; si amas a tu hermano tu fe está viva; si no lo amas, tu fe ha muerto.
El amor del que nos habla la Palabra no es un amor o amistad puramente humana. Por una parte debido a su modelo: Cristo y por otra, por su origen y sobre todo porque es la obra de Dios en nosotros.
Este amor es un regalo de Dios y existe en nosotros por el hecho de que Dios nos toma por hijos (1 Jn 4,7) y vuelve a Dios, pues amando a nuestros hermanos, amamos al mismo Señor (Mt 25, 40), pues todos juntos formamos el cuerpo de Cristo (Rom. 12, 5-10; 1 Cor 12, 12-27).
Por ello, para la Comunidad Cristiana el amor a los hermanos y a todos los hombres, es como el amor de Dios que dio gratuitamente a su Hijo por la liberación de todos los hombres. Así debemos y queremos amar a los hermanos sin atenderá las barreras sociales o raciales, sin despreciar a nadie (Lc 14, 13), amando incluso a nuestros enemigos (Mt 5, 43-47) siendo los primeros en ir a buscar a los hermanos que nos han podido ofender (Mt 5, 23-26), renunciando a nosotros mismos y también que amando como Jesús, vivimos ya una nueva realidad (1 Cor 13, 8-13).
Este amor nos lleva a la comunión, que será reflejo de la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo; comunión que se extiende a nosotros y nos invita a vivir a su imagen en una intensa comunión con Dios y con nuestros hermanos.
Este amor nos lleva a tomar conciencia de que nuestras vidas están unidas unas a otras en una confianza que crece día tras día a pesar de las diferencias, en bondad y unidas por los mismos sentimientos. Lo que nos une, por tanto, es el amor a Dios y a los hermanos, por ello los lazos que existen entre nosotros no deben construirse por afinidades humanas, sino por la aspiración que todos tenemos de vivir lo que el Señor expresó: “Ámense unos a otros como yo los he amado” (Jn 13, 34s).
Para vivir este amor en plenitud, queremos apartar de nuestras vidas cualquier cosa que pueda ofender a nuestros hermanos, por ejemplo: los disgustos, los arrebatos, los enojos, los gritos, las ofensas, las palabras vergonzosas, los disparates y tonterías (Ef 4, 1-31).
Por otra parte, no crecernos poseedores de la verdad absoluta, antes bien, desear dialogar y abrirnos a todos los hermanos para buscar juntos la paz, escuchando a los demás y pudiendo decirles también, con suficiente amor, todo lo que les ayude a perfeccionarse.
Sin embargo, sabemos que nuestro convivir de cada día puede traer consigo incomprensiones mutuas y pequeñas diferencias que pudieran separarnos, pero debemos correr el riesgo de enfrentarnos a nuestras propias vidas superando diariamente nuestras debilidades personales, perdonándonos mutuamente y buscando nuevamente el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6).